Canción para traumatizar
Preparate para escuchar uno de los documentos más estremecedores del milenio. Yo sé que después de esto no vais a volver a ser los mismos…
Preparate para escuchar uno de los documentos más estremecedores del milenio. Yo sé que después de esto no vais a volver a ser los mismos…
Acabo de verlo pasar por delante mío y ha resucitado una de las imágenes más entrañables de mi infancia. Hoy no voy a hablar de dibujos animados, no voy a hablar de un juguete, ni siquiera de un jueguito, el tema que traigo hoy es…
No sé por qué le das tanta intriga si ya lo pone en el título del post… la caja de galletas Cuétara
Vale… siempre me tienes que destrozar el clímax, y eso que eres una voz en off…
Ya, pero tengo que velar por mis lectores, que no les gusta que se anden con rodeos dramáticos para decir una chorrada
Bueno, no entremos en discusiones bipolares, que no nos van a llevar a ningún lado, vamos a lo que vamos. Y sí, tienes razón, lo pone en el título. Hoy vamos a charlar sobre la famosísima caja de galletas Cuétara

La famosa marca de alimentos Cuétara tiene una infinidad de productos en su haber, pero, por lo menos para mi, hay uno que, a parte de gustarme por encima de los demás, me trae grandes recuerdos de mi época infante, se trata del Surtido Cuétara. Para el que no lo conozca, el surtido se trataba de una caja, en la que podías encontrar galletas de todo tipo… barquillos, de chocolate, de mantequilla… vamos, una amplia variedad de productos galletácticos para todos los gustos.
Siempre se convertía en un acontecimiento cuando una caja de surtido llegaba a casa, y casi siempre procediamos de la misma manera. Llegábamos con la compra y comenzaba la lucha por abrir la caja. Mi madre nos daba una serie de collejar y ordenaba que la apertura de la misma se llevaría a cabo después de la cena.
Lo más importante de todo esto era la lucha encarnizada que se montaba entorno al a dichosa caja. Durante todo el día te pasabas eligiendo las galletas que ibas a engullir por la noche.
- Yo me pido los barquillos de chocolate
- ¡¡Sí hombre, a ti te tocan las flores, que nunca te las comes!!
- ¡¡Las flores!! ni de coña, siempre me las termino comiendo yo
Y así, interminables peleas decidiendo quién se comía cada una de las galletas.
El momento fatídico llegaba cuando ya te habías comido todas las galletas ricas y sabías perfectamente que debajo existía otra capa escondida, con las mismas galletas chocolateadas y deliciosas que ya habían esgullido. Era entonces cuando se escuchaba la frase…
- ¡¡Hasta que no os comaís todas las galletas del primer piso, no se abre el segundo!!
Era ahí cuando empezabas a plantearte tu existencia. ¿Qué hacemos? ¿Pasamos de la advertencia y abrimos la capa de abajo? Como resistirte a tan magnas delicatessen. Al final siempre terminabas haciendo alguna triquiñuela y abrías la capa de abajo sin terminar la de arriba. Normalmente solía haber overbooking de galletas en algunos espacios y otros espacios quedaban totalmente abandonados, con muestras aparentes de glotonería máxima.
Y vosotros, ¿comiais estas galletas como yo? Un comentario siempre viene bien
. Saludos a todos, amigos del dulce y el gochoneo.
En estos días, hasta la aldea más perdida del Himalaya tiene ordenadores como churros e incluso una conexión más rápida que la española (cosa que no es muy complicada). Según naces te ponen un aparato con conexión a la red debajo del brazo y sabes moverte por Internet como pez en el agua. Pero, ¿y cómo era antes?… Os voy a contar mis inicios.
Mi primer ordenador fue un Amstrad CPC464. Por supuesto que era heredado, pero con poco uso, por lo que podriamos considerar que era casi nuevo.

Para el que no conozca todo este tipo de aparatejos antiguos, sólo deciros que son máquinas enormes con pantallas de esas con un fondo interminable que no caben en ningún mueble. Un teclado antidiluviano el cual tenías que aporrear para conseguir algún resultado y ni rastro de cualquier dispositivo externo como ratón, cámara, disco duro… Era un armatoste en condiciones, pero a mi me emocionó enormemente recibirlo, me creía todo un hacker aporreando las teclas a toda velocidad sin ningún sentido.
Pero lo más impactante de estos aparatos no eran ni su forma, ni su peso de toneladas ni su horrible pantalla con colores verdes. Lo más llamativo era la forma de cargar los programas. Como no disponía de mucha memoria interna, cada vez que querías usar una aplicación tenías que cargarla y esto se hacía mediante una cinta de cassette… sí, no habéis leído mal… una cinta de esas que juntábamos junto a un boli bic para poder rebobinarla. Y lo peor no era el formato, lo peor era la espera. Para cargar un juego normalito, la espera media solía ser de unos 30 minutos… más o menos… Todo esto, escuchando un ruidito del tipo:
chiiiiriiiiii riskiiiiii chiiii yiiiiiiiiiiiii chiiiiiikikiiiiiiiiiiii wiiiiiiiiiiiiiiiii
… Y así una media hora…
Eso sí, los juegos no tenían nada que envidiar a los actuales, es más, creo que los superan con creces. Mi top 5 era:
- Emilio Butragueño Futbol
- Carlos Sainz Rally
- Shinobi
- Fernando Martin Basket
- Uno raro de un tio con espada que nunca supe como se llamaba
.
La de tardes que me habré pegado yo ahí, frente al ordenador, disfrutando… de la carga de los juegos… eso sí, quizá ahí empiece mi pasión por las maquinitas, ¿Quién sabe?…
Hoy os traigo uno de los mayores traumas de mi infancia… los dichosos libros de “El ojo mágico“. Toda mi vida rodeado de libros de este tipo, usados mayormente como un socorrido regalo de cumpleaños, y nunca he sido capaz de ver una sola imagen… pero ni por aproximación… Hagamos una prueba:

¿Alguno ve la solución a esta imagen? Llevo 2 semana mirando la dichosa imagen azul y no consigo ver nada. A veces intento imaginarme que lo veo, pero es todo mi subsconsciente.
Me acuerdo de aquellas tardes interminables de cumpleaños cuando uno de los asistentes gritaba la frase:
“¡¡Ostras, te han regalado el ojo mágico!! Y este no lo hemos visto… ¡¡Vamos a ver cuantas desciframos!!”
Entonces, todos los niños se ponían alrededor del libro y empezaban a pasar páginas haciendo una especie de competición a ver quien veía la imagen primero. Todo el mundo lograba atisvar algo… todos menos yo… Entonces usaba el viejo truco. Cuando los primeros niños veían la imagen, esperaba a que diesen el resultado y yo lo copiaba, nunca quedaba entre los primeros, pero por lo menos no se daban cuenta de que no daba ni una.
Una vez estaba solo, ponía en práctica todos los consejos para poder triunfar con esta serie de libros:
- Achina los ojos poco a poco hasta lograr desenfocar la imagen. Yo terminaba con los ojos cerrados…
- Ponte el libro a la altura de la nariz y ve separándolo poco a poco.
Al final siempre terminaba haciendo la trampa. Miraba el final del libro, donde venían las soluciones, después volvía a la imagen original y trataba de visualizarla, me daba por vendido y me convencía a mi mismo de que estaba viendo lo que el libro me decía.
Y así ha sido hasta el día de hoy, ni una imagen he conseguido ver. Ahora ya paso un poco del tema… pero bueno… si alguien tan amable… tan simpático… me resolviese la imagen que acompaña esta entrada y me lo pone en los comentarios… ahí lo dejo…
Todo el año lo pasabas entre exámenes, trabajos, saltos absurdos y volteretas en gimnasia, tardes eternas perdidas en la biblioteca, solo para conseguir alcanzar el objetivo final: el viaje de fin de curso.
Para algunos era la primera vez que salíamos de casa por más de un día. Nos resultaba llamativa la idea de dormir fuera y rodeados de toda la gente de clase. Nos motivaba la sensación de compartir tiempo con aquellas personas que veíamos todos los días, pero en otra situación totalmente diferente. Os voy a contar cómo fue mi primer viaje de fin de curso.
Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Ya había salido antes a granjas-escuela y similares, pero siempre volviendo el mismo día de partida, por lo que aquel viaje iba a ser especial. Iba a pasar una noche fuera. Mi madre, por supuesto, bastante nerviosa. Le daba reparo dejar a su hijo solo y abandonado en las manos de algún monitor veinteañero y juerguista, no fuera a ser que volviese pervertido. Si ella supiera…
Me acuerdo que aquel viaje lo hice cuando estaba cursando séptimo de E.G.B. (¡Qué raro suena decir eso!, ¿eh?). La salida en concreto era a Santiago de Compostela. Lo primero de todo era preparar la maleta. Como era mi primera maleta, la hice con mi madre (ahora lo sigo haciendo; hay ciertas tareas que una madre va a supervisar siempre).
A ver, te voy a meter una muda por cada día que vas, más una de recambio por si llueve y te mojas, más otra de requeterrecambio por si los marcianos invaden la Tierra, que no te pillen con esos calzoncillos tan viejos.
Al final, como había que ser previsores, te acababas llevando todo el armario. ¡Una maleta de 30 kilos para tres días! El conductor del autobús, cuando fui a subir me quiso cobrar un extra por exceso de equipaje, yo le conté que me había hecho la maleta mi madre, me miró asintiendo, me dio una palmadita en la espalda y se alejó lentamente. Creo que a él también le había pasado.
El viaje de ida en autobús era de lo más animado, al contrario que el de vuelta, del que luego hablaremos. Los asientos más cotizados, sin duda, eran los de la última fila, que solía estar ocupada por los malotes de clase, incluso se habla de la leyenda urbana de que un conocido de un amigo de la chica rubia de la clase que se sentaba al lado de mi amigo del alma había conseguido fumar en la parte de atrás.
Al final, llegamos a Santigo de Compostela. El que haya sufrido este viaje en autobús sabe lo que es… un sufrimiento. Allí nos alojábamos en un colegio que tenía residencia. Evidentemente, el pensamiento que más rondaba nuestras avispadas cabecitas adolescentes era: “¿Serán mixtas las habitaciones?”. Un pensamiento que se iba a quedar solo en nuestros sueños. La habitación de los chicos a un lado y la de las chicas al otro, menuda pena.
Lo que sí recuerdo con claridad cristalina fue uno de los momentos de ese viaje que me marcó para toda mi vida. Llegaba la hora de las duchas, y para alcanzar el baño había que pasar por delante de todas las puertas de las habitaciones de las chicas. Antes de ducharnos, llegó el monitor y nos dijo: “Para ir al baño, quitaos la ropa y os enroscáis la toalla, para así no mojar la ropa en las duchas”; afirmación bastante coherente por su parte.
Me acerqué a la mochila para coger mi toalla y dirigirme por el pasillo mostrando pechito a las féminas cuando, de repente, me acordé de las palabras de mi madre:
Para no ocupar mucho espacio no te meto toalla de ducha, te pongo una de estas del lavabo.
Me llenas la maleta de cosas que ni siquiera voy a desdoblar, y en esto, que va a cubrir mi más preciado tesoro, intentas ahorrar. Así no se puede desarrollar en plenitud un adolescente. Pero como no tenía otra alternativa, cogí la toalla y me la enrollé a la cintura. Hay que contar que por aquella época ya pasaba del metro ochenta y tenía unas dimensiones bastante amplias, por lo que, evidentemente, la toalla no me cerraba. Os podéis imaginar la estampa. Un tío enorme con una toalla que no le llega ni a la mitad de los muslos y no le cierra en la cadera. Un cuadro. Y así me tuve que pasear por delante de la puerta de las habitaciones de las chicas, con el consiguiente pitorreo de las mismas, que, apostadas a la entrada, se dedicaban a mirar al personal como si fuese un desfile de modelos.
El viaje en sí no estuvo del todo mal, solo que fue demasiado cultural. Muchas iglesias, museos, paseos turísticos… Lo interesante de esos viajes eran las noches, que permitían que las personas de ambos sexos se acercasen y tuviesen sus primeros rocecillos. Nosotros nos despedimos el último día haciendo una especie de “baile de fin de viaje”. Estaba todo preparado: música de Alejandro Sanz, idónea para arrimarse bien; luces bajas, y, sobre todo, mucha predisposición por parte de todos, y eso que no había alcohol. Si tenías suerte, a lo mejor te ibas a la cama esa noche con un besito inocente. Había que ir despacio.
Pero como todo, el viaje tenía un final. La situación era la misma que al principio pero al revés, es decir, un autobús lleno de zombis medio muertos por el cansancio de la vuelta a casa y con las maletas llenas de ropa casi intacta. Al llegar a la ciudad de destino nos encontrábamos con una masa ingente de padres esperando a las mismas puertas del autobús, recibiendo a sus criaturas con besos y abrazos, como si hiciese cinco años que no las veían.
Para mí siempre quedará como una de las experiencias más impactantes y emocionantes de mi vida; nunca la olvidaré. Y eso que no conseguí ligar, vomité en el autobús, me hice una luxación en la espalda por llevar la maleta y encima todas las chicas me vieron la… toalla pequeña.
No somos muy dados a poner entradas tecnológicas en este blog, pero la de hoy merece la pena pegarle un vistazo. Se trata de un video en el que se nos muestra al abuelo o bisabuelo del, en este tiempo, tan famoso programa de edición Photoshop.
Para nosotros, ahora mismo, es normal ver una imagen y saber que ha sido retocada, pero esto ya lo hacían los Rusos hace 30 años… casi na…
Visto en Gustavo Martinez Blog´s
Un monólogo muy revelador sobre los métodos educativos que tuvimos en nuestras épocas infantes… y es que… las cosas ya no son como eran, ¿nos estamos volviendo un poco blanditos?… vamos a tener que recuperar “La ostia bien da”… Amigos seguidores del espinetismo, no os lo podéis perder. Y si ya lo has visto, nunca está demás un pequeñor ecordatorio.
Cuando era un pequeño zagal, teniamos, en la familia, la tradición de acudir al Circo, uno de los mayores espectáculos del mundo. Hace una semana decidimos repetirlo, nos hacía mucha ilusión volver a sentir todas las emociones que viviamos cuando éramos pequeños. Mucho ha cambiado el espectáculo circense, me lo pasé realmente bien, pero ni punto de comparación a lo que se vivía antaño.

Ahora está de moda el modelo “Circo del Sol”, se lleva lo abstracto, lo surrealista, la danza y el mimo… ¿Dónde han quedado los espectáculos del circo de toda la vida?
El circo de toda la vida se ha basado en dos conceptos fundamentales, juntar lo cutre y lo espectacular en un solo espectáculo. Así a priori, esos dos conceptos la verdad es que no cuadran mucho juntos, pero en el mundo circense conjugan a la perfección. Sólo había que ver la carpa donde se desarrollaba todo el meollo. Si ibas al circo sabías que frío ibas a pasar, eso iba dentro de la entrada. Asientos de chichinabo y un olor altamente contaminante te acompañaban durante toda la actuación, pero eras feliz.
El presentador, normalmente solía ser un tío vestido de traje que pegaba muchas voces y presentaba cada actuación como si se fuera a terminar el mundo y eso iba a ser nuestro último recuerdo como personas vivas. El presentador tenía un don especial. Podía enrrollarse todo lo que él quisiera mientras se montaba el tinglao para la siguiente actuación. Igual te hablaba de política que ponía sobre la pista todo su repertorio de chistes y bromas para el disfrute del personal.
En el Circo de toda la vida los 3 espectáculos que lo petaban sin discusión eran los siguientes:
- Los payasos. Indispensables en un espectáculo de este tipo. Sirven tanto para un roto como para un descosío. Igual te amenizaban el descanso entre número y número que se montaban un espectáculo musical que te dejaba con la boca abierta. La broma que más me gustaba es esa en la que se pasan 10 minutos persiguiendo la gorra por el suelo dándole pataditas
.
- Los trapecistas. Este solía ser el número más espectacular. Saltos y volteretas en el aire con trajecitos bordados con infinidad de brillantinas. Unos tíos que daban saltos sobre unas plataformas mínimas y se enganchaban en unas barras enanas suspendidas en el aire. Solían poner la emoción del público a flor de piel. Una mezcla entre tensión, admiración e incredulidad, espectáculo en estado puro.
- Las fieras. Una jaula repleta de los animales más salvajes y feroces… si estuvieran en la selva claro. Pero siempre era impresionante poder ver el nivel de amaestramiento al que podían llegar fieras de ese estilo. Sin duda la parte más peligrosa del espectáculo, sobre todo para el domador, si no, que se lo pregunten a Ángel Cristo, que algún bocadito se llevó.
Yo no se vosotros, pero el año que viene le voy a proponer a mi familia volver a un “Circo de toda la vida”. A dejarme el culo en el asiento de madera comida por las termitas, disfrutar de los vendedores que pasaban bandeja en mano entre los asientos y aplaudiendo a rabiar cuando todo el plantel circense sale a saludar al centro de la pista y se tiran allí 50 minutos, lo cual te lleva a perder la sensibilidad en gran parte de la palma de tu mano… toda una experiencia
Si hacemos un repaso rápido a nuestra vida, podemos hacer una lista enorme de personas que se han cruzado con nosotros y nos han aportado algo. Podríamos ordenarlos según hayamos tenido más o menos relación con ellas. Tendríamos personas muy cercanas,como las de nuestra familia, o simplemente personas conocidas, como el dependiente de la panadería de siempre.


La verdad es que si nos ponemos a calcular, hemos pasado la mitad de nuestras vidas metidos en una clase, escuchando a cientos de profesores intentando insertar en nuestras cabecitas adolescentes y despreocupadas la mayor cantidad de información posible, para que luego se nos olvidase después de fumarnos cualquier cosa lo aplicásemos a nuestra vida.
Estas clases interminables había que pasarlas de una manera u otra, y para ello lo más fácil era aliarse con el compañero de al lado. Yo siempre he estado en clases en las que nos colocaban de dos en dos. Lo que nunca entendí es que si se quejaban porque de dos en dos hablábamos, ¿por qué nos sentaban de esa manera? ¿No se daban cuenta que colocándonos individualmente hablaríamos menos? ¿O bien era una estrategia para tener un motivo por el cual echarnos la bronca?
Había diferentes maneras de conseguir compañero de al lado. La primera era la más sencilla y la más celebrada por todos. El primer día de clase, nos agolpábamos todos ansiosos a la puerta, y no porque tuviésemos muchas ganas de estudiar, sino porque queríamos coger el mejor sitio, y si podía ser al lado de nuestro mejor amigo, mejor que mejor.
La táctica era la siguiente: Se entraba en tropel a la clase y saltando por encima de sillas y mesas se trataban de alcanzar los puestos situados al fondo del aula, que, como todos sabemos, siempre han sido los mejores. Al llegar al pupitre deseado, te lanzabas sobre la silla para que no quedasen dudas sobre la propiedad del sitio y a la vez lanzabas la mochila sobre el sitio de al lado para reservarlo para tu amigo del alma. Prueba superada. Entonces era cuando el profesor lanzaba la dichosa frase: “Nos os encariñéis mucho con los sitios que ya os situaré yo…”.
La segunda forma de conseguir mesa dentro de una clase era la más chunga, por asignación. Para llevar a cabo este método, había una sencilla fórmula que cumplir. Al lado de un chico empollón responsable, siempre debía ir uno perdido de la vida menos responsable. Con esta fórmula se trataba de equilibrar la clase; pero, ¿qué acababa pasando? Los chicos mas fiesteros acababan embaucando a los estudiosos y les hacían caer en sus redes de vicio y perversión. Evidentemente la opción contraria es menos lógica, a todos nos gusta más el cachondeo y la fiesta. Por lo tanto, la clase poco a poco iba entrando en una dinámica lúdico-festiva que hacía bajar el nivel de aprendizaje general. Tampoco es que nos importase demasiado…
El compañero de al lado jugaba un papel muy importante en tu vida académica. Si te aburrías en clase, siempre estaba ahí para comentar el último capítulo de “Médico de Familia”, o para pasarte una notita clandestina explicándote lo que hizo María el viernes pasado. Otro de los momentos de culmen de la relación entre compañeros de mesa era cuando había que enfrentarse a un examen, en ese momento la compenetración entre los dos debía ser perfecta. Todavía recuerdo la táctica empleada para los exámenes tipo test:
-Acuérdate, primero me marcas el número de la pregunta con los dedos, sin que se te vea.
-Vale, primero el número.
-Después, si pones la mano en la esquina superior izquierda, es que es A; si la pones en la esquina superior derecha, es B; si lo pones en la esquina inferior izquierda, es C; y en la esquina inferior derecha es D. ¿Lo has pillado?
-¿Y si la respuesta es E?
-Improvisa tío, improvisa. No puedo estar en todo.
En definitiva, cuando al final de nuestra vida recordemos todo lo que hemos pasado siempre nos quedará el recuerdo de aquella persona que durante tanto tiempo compartió con nosotros aventuras colegiales, secretos inconfesables e incluso alguna vez que otra nuestra impoluta goma de borrar Milán.
… El Beeper de Coca-Cola?

Hubo una etapa en la que este cacharro era de lo más cotizado. Se trataba de los inicios de la comunicación personal móvil. Era algo muy tosco y dificil de usar, ya que, para ponerte en contacto con algún usuario de este aparatico, debías llamar a un número de teléfono y dejar un mensaje para el interesado.
Yo tenía uno, ahora mismo no recuerdo de donde lo saqué. ¿Número de veces que lo usé?… cero… pero lo guay que quedaba pillado en mi cinturón…